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urdimano

quien quiera ser un buen amigo

Dar un palo.

Emociones y Opiniones. El rojo al contrario del blanco denota ira, furia y emociones, . Cuando nos ponemos el sombrero rojo podemos expresar nuestro sentir por algo, sin que haya la necesidad de dar explicaciones para ello. Siempre hemos creído que en una discusión debemos ser objetivos pues las emociones no nos permiten pensar bien. Pero tenemos una pregunta, qué ocurre si una persona que tiene una amplia experiencia (de muchos años), recibe una idea y quiere expresar su sentir que transmite toda su experiencia aunque no puede describir objetivamente el por qué de ese sentir. ¿Se debe desestimar esta opinión?.........No, porque de lo contrario estamos perdiendo un valioso aporte de la experiencia de muchas personas. Todas las pasiones atraviesan una etapa en que son pura fatalidad, abismando a su víctima por el peso de la insensatez, y por otra, muy posterior, en que se desposan con el espíritu, se “espiritualizan”. En tiempos pasados, a causa de la insensatez inherente a la pasión, se hizo la guerra a la misma trabajando por su destrucción; todos los antiguos monstruos de la moral coincidían en exigir: “hay que acabar con, las pasiones”. La fórmula más célebre al respecto está en el Nuevo Testamento, en ese Sermón de la Montaña, donde, dicho sea de paso, nada se contempla desde lo alto. Allí se dice, por ejemplo, con respecto a la sexualidad: “Si te fastidia tu ojo, sácalo.” Por fortuna, ningún cristiano cumple tal precepto. Destruir las pasiones y los apetitos nada más que para prevenir su insensatez y las consecuencias desagradables de su insensatez se nos antoja hoy, a su vez, una mera forma aguda de la insensatez. Ya no admiramos a los dentistas, que extraen los dientes para que no duelan más... Ahora bien, admitamos en honor a la verdad que en el clima en que nació el cristianismo ni podía concebirse el concepto “espiritualización de la pasión”. Sabido es que la Iglesia primitiva luchó contra los “inteligentes” en favor de los pobres de espíritu; ¿cómo iba a librar a la pasión una guerra inteligente? Combate la Iglesia la pasión apelando a la extirpación de todo sentido; su práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sensualidad, el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la práctica de la Iglesia es antivital... Al mismo recurso, el de la castración, exterminación, apelan instintivamente, en la lucha contra tal apetito, aquellos que son demasiado débiles de voluntad, demasiado degenerados para refrenarlo; aquellos que alegóricamente (y no alegóricamente) necesitan hablar de la Trappe, alguna categórica declaración de guerra, un divorcio establecido entre ellos y tal pasión. Sólo los degenerados tienen necesidad de remedios radicales: la debilidad de la voluntad, más exactamente, la incapacidad para no responder a un estímulo, no es sino una forma distinta de la degeneración. La enemistad radical, mortal hacia la sensualidad, es un síntoma que da mucho que pensar; permite sacar conclusiones respecto al estado total de la persona que llega a tal extremo. Por lo demás, esa enemistad, ese odio, sólo se exacerba a tal punto si tales personas ni siquiera., tienen ya energías suficientes para efectuar la cura radical, expulsar su “demonio”. Pasando revista a toda la historia de los sacerdotes y filósofos, aparte la de los artistas, se comprueba que las diatribas más violentas contra los sentidos parten no de los impotentes, ni tampoco de los ascetas, sino de los ascetas fallidos, de aquellos que debieron ser ascetas... A propósito de la “conciencia intelectual”. Nada me parece tan raro hoy día como la verdadera hipocresía. Sospecho decididamente que el aire suave de nuestra cultura no conviene a esta planta. La hipocresía es propia de las épocas de fe ardiente, en las que ni aun cuando se estaba forzado a exhibir una fe diferente se renunciaba a la que realmente se alentaba. Hoy día se renuncia a ella, o lo que es aún más corriente, se adopta una segunda fe; en uno y otro caso se es sincero. No cabe duda que en nuestros tiempos son posibles, quiere decir permitidas, quiere decir inofensivas, un número mucho más grande de convicciones que antes. Origínase así la tolerancia hacia sí mismo. La tolerancia hacia sí mismo autoriza a tener varias convicciones; éstas conviven pacíficamente, cuidándose mucho, como hoy en día todo el mundo, de comprometerse. ¿Cómo se compromete uno hoy en día? Adoptando una actitud consecuente. Avanzando imperturbable. Siendo un hombre en el que no caben, por lo menos, cinco interpretaciones diferentes. Siendo-genuino... Temo mucho que algunos vicios estén condenados a extinguirse simplemente porque el hombre moderno es demasiado cómodo e indolente para seguir con ellos. Todo lo malo determinado por una voluntad fuerte, y tal vez no haya nada malo sin fuerza de voluntad, degenera en virtud en nuestro tibio ambiente... Los pocos hipócritas que he conocido imitaban la hipocresía; eran, como hoy en día casi todo el mundo, comediantes. Bello y feo. Nada hay tan condicionado, digamos tan restringido, como nuestro sentimiento de lo bello. Quien pretende concebirlo desligado del goce que el hombre libra del hombre, deja al momento de pisar terreno firme. Lo “bello en sí” es un mero concepto; no es ni siquiera un concepto. En lo bello, el hombre se establece a sí mismo como criterio de perfección; en casos selectos, se adora a sí mismo en lo bello. Una especie no puede por menos de decir sí exclusivamente a sí misma de esta manera. Su instinto más soterrado, el de conservación y expansión del propio ser, irradia aun en tales sublimidades. El hombre cree el mundo mismo colmado de belleza; se olvida que él es la causa. Él lo ha obsequiado con belleza, ¡ay 1, sólo con una belleza muy humana, demasiado humana. En el fondo, el hombre se refleja en las cosas; tiene por bello todo lo que le devuelve su propia imagen. El juicio “bello” es su vanidad genérica... Pues al escéptico bien puede un leve recelo susurrarle al oído: ¿de veras queda embellecido el mundo por el hecho de que el hombre lo tenga por bello? Lo ha humanizado; esto es todo. Mas nada, absolutamente nada, nos autoriza para creer que precisamente el hombre sea el modelo de lo bello. ¿Quién sabe cómo se presenta a los ojos de un juez superior del gusto? ¿Acaso atrevido? ¿Acaso divertido? ¿Acaso un tanto arbitrario?... “Oh Dionisos, divino, ¿por qué me tiras de las orejas?”, preguntó Ariadna a su amante filosófico en ocasión de uno de esos célebres diálogos en Naxos. “Es que tus orejas me causan gracia, Ariadna; ¿quizá por qué no son aún más largas?” A los griegos no les debo en absoluto impresiones fuertes similares, y para decirlo sin ambajes, no pueden ser para nosotros lo que son para nosotros los romanos. No se aprende de los griegos; su modo de ser es demasiado extraño, también demasiado fluido, como para presentarse como imperativo, “clasicismo”. ¡Quién ha aprendido jamás a escribir de un autor griego! ¡Quién lo ha aprendido jamás sin los romanos! ... No se recurra a Platón en contra de mi aserto. Considero a Platón con profundo escepticismo y nunca he sido capaz de compartir la admiración por el artista Platón, tan generalizada entre los eruditos. En última instancia, los más refinados jueces del gusto de la antigüedad mismas están de mi parte en esta cuestión. Entiendo que Platón mezcla todas las formas del estilo; es así un primer décadent del estilo. Tiene sobre la conciencia algo parecido a lo que tienen los cínicos, que inventaron la satura Menippea. El diálogo platónico, esta forma terriblemente vanidosa e infantil de la dialéctica, sólo puede encantar a quien nunca ha leído a buenos autores franceses, como Fontenelle. Platón es aburrido. En último análisis, mi recelo hacia Platón tiene raíces profundas. Lo encuentro tan desviado de todos los instintos fundamentales de los helenos, tan moralizado, tan preexistente-cristiano, ya el concepto del “bien” es su concepto supremo, que ante todo el fenómeno “Platón” me inclino por emplear el término duro “embuste superior” o, si se prefiere, “idealismo”. Se ha pagado muy caro el que este ateniense buscara inspiración en los egipcios (¿o en los judíos residentes en Egipto?...). Dentro de la gran fatalidad del cristianismo, Platón es esa ambigüedad y seducción llamada “ideal” que permitió a los espíritus nobles de la antigüedad entenderse mal a sí mismos y cruzar el puente que conducía a la “cruz”... ¡ Y cuánto Platón hay todavía en el concepto “Iglesia”, en la estructura, el sistema y la práctica de la Iglesia! Mi solaz y preferencia, mi remedio contra todo platonismo, ha sido en todo tiempo Tucídides. Éste, y acaso el Príncipe de Maquiavelo, me son particularmente afines por la determinación incondicional de no engañarse a sí mismos y ver la razón en la realidad, no en la “razón” y menos en la “moral”... De la deplorable idealización de los griegos que el joven instruido en las humanidades clásicas se lleva a la vida, como fruto del adiestramiento a que se sometió en el colegio, nada cura tan radicalmente como Tucídides. Hay que saborearlo línea por línea y leer sus pensamientos secretos tan distintamente como sus palabras. Pocos pensadores hay tan pródigos en pensamientos secretos. En él halla su expresión cabal la cultura de los sofistas, vale decir, la cultura de los realistas: ese movimiento inestimable en medio del embuste moralista e idealista que empezaban a difundir a la sazón las escuelas socráticas. La filosofía griega, como la décadence, del instinto griego; Tucídides, como la gran suma, la última revelación de esa facticidad recia, severa y dura que caracterizaba el instinto de los helenos de los primeros tiempos. En definitiva, es la valentía ante la realidad la que diferencia a hombres como Tucídides y Platón; Platón es un cobarde ante la realidad, por ende se refugia en el ideal. Tucídides es dueño de sí mismo, por lo mismo dueño también de las cosas... Barruntar en los griegos “almas sublimes”, “justos medios” y otras perfecciones; admirar en ellos acaso la serenidad en la grandeza, la mentalidad idealista y la sublime ingenuidad... Contra esta “sublime ingenuidad”, que en definitiva es una niaiserie allemande, me ha prevenido el sicólogo que yo llevo dentro. Vi su instinto más poderoso, la voluntad de poder; los vi estremecerse bajo el embate arrollador de este impulso; vi todas sus instituciones surgir de medidas preventivas, con miras a ponerse en la convivencia a buen recaudo de la dinamita de que estaban cargados. La tremenda tensión interior se descargaba entonces en terrible y despiadada enemistad hacia fuera; las ciudades se despedazaban unas con otras, para que en cada una de ellas los vecinos convivieran en paz. Era necesario ser fuerte, pues el peligro acechaba cerca, en todas partes. La magnífica agilidad física, el realismo intrépido y la inmoralidad audaz propios del heleno eran apremio, no “naturaleza”. Estos rasgos se desarrollaron, no se dieron desde un principio. Y con las fiestas y las artes tampoco se perseguía otro propósito que el de sentirse arriba y mostrarse arriba; se trataba de medios de glorificarse a sí mismos, eventualmente de atemorizar... ¡Qué estupidez la de juzgar a los griegos al modo alemán por sus filósofos, de tomar acaso la estrechez y gazmoñería de las escuelas socráticas como revelación de la esencia helena! ... ¡Si los filósofos son los décadents del helenismo, el contramovimiento dirigido contra el antiguo gusto aristocrático (contra el instinto agonal, contra la polis, centra el valor de la raza, contra la autoridad de las “'tradiciones)! Predicábanse las virtudes socráticas porque los griegos las habían perdido; irritables, temerosos, veleidosos, comediantes todos ellos, les sobraban algunas razones para oír la prédica moral. La prédica ciertamente no sería para nada; pero ¡son tan dados los décadents a las palabras y actitudes altisonantes! ...

Estar a partir un piñón con alguien.

Todas las pasiones atraviesan una etapa en que son pura fatalidad, abismando a su víctima por el peso de la insensatez, y por otra, muy posterior, en que se desposan con el espíritu, se “espiritualizan”. En tiempos pasados, a causa de la insensatez inherente a la pasión, se hizo la guerra a la misma trabajando por su destrucción; todos los antiguos monstruos de la moral coincidían en exigir: “hay que acabar con, las pasiones”. La fórmula más célebre al respecto está en el Nuevo Testamento, en ese Sermón de la Mon­taña, donde, dicho sea de paso, nada se contempla desde lo alto. Allí se dice, por ejemplo, con respecto a la sexualidad: “Si te fastidia tu ojo, sácalo.” Por fortuna, ningún cristiano cumple tal precepto. Destruir las pasiones y los apetitos nada más que para preve­nir su insensatez y las consecuencias desagradables de su insensatez se nos antoja hoy, a su vez, una mera forma aguda de la insensatez. Ya no admiramos a los dentistas, que extraen los dientes para que no duelan más... Ahora bien, admitamos en honor a la verdad que en el clima en que nació el cristianismo ni podía concebirse el concepto “espiritualización de la pasión”. Sabido es que la Iglesia primitiva luchó contra los “in­teligentes” en favor de los pobres de espíritu; ¿cómo iba a librar a la pasión una guerra inteligen­te? Combate la Iglesia la pasión apelando a la extir­pación de todo sentido; su práctica, su “cura”, es la castración. Jamás pregunta: “¿Cómo se hace para espiritualizar, embellecer, divinizar un apetito?” En todos los tiempos ha hecho recaer el acento de la disciplina recomendando la exterminación de la sen­sualidad, el orgullo, el afán de dominar, la codicia y la sed de venganza. Mas atacar por la base las pasiones significa atacar por la base la vida misma; la prác­tica de la Iglesia es antivital... Saunas Barcelona Sí nos fijamos un poco de cerca en el capital disponible, que es en realidad un capital en suspenso, vemos que una parte considerable de él tiene que revestir siempre, necesariamente, la forma de capital–dinero. Sigamos con nuestro ejemplo: período de trabajo, 6 semanas; período de circulación, 3 semanas; inversión semanal, 100 libras esterlinas. Al llegar a la mitad del segundo período de trabajo, al final de la 9ª semana, refluyen 600 libras esterlinas, de las cuales sólo habrá que invertir, durante el resto del período de trabajo, 300. Por tanto, al final del segundo período de trabajo quedarán disponibles 300 libras. ¿En qué estado se encuentran estas 300 libras? Supongamos que 1/3 haya de invertirse en salarios y 2/3 en materias primas y materiales auxiliares. Esto quiere decir que de las 600 libras recuperadas 200 aparecerán bajo la forma de dinero destinado a salarios y 400 en forma de reserva productiva, de elementos del capital productivo circulante constante. Pero, como para la segunda parte del período de trabajo II basta con la mitad de esta reserva productiva, la otra mitad permanecerá durante tres semanas bajo la forma de reserva productiva remanente, es decir, sobrante de un período de trabajo. Sin embargo, el capitalista sabe que de esta parte (= 400 libras esterlinas) del capital recuperado sólo necesita, para el período de trabajo en curso, la mitad (= 200 libras). Dependerá, pues, de las condiciones existentes en el mercado el que vuelva a convertir estas 200 libras inmediatamente, en todo o en parte, en reserva productiva remanente o las retenga total o parcialmente como capital–dinero, en espera de que existan condiciones más favorables en el mercado. Por otra parte, se comprende de suyo que la parte de aquella suma invertida en salarios = 200 libras esterlinas, debe conservarse necesariamente en dinero. El capitalista no puede guardar en el almacén la fuerza de trabajo, como hace con las materias primas, después de comprarla. Tiene que incorporarla inmediatamente al proceso de producción, y la paga al final de cada semana. Por tanto, del capital de 300 libras que queda disponible, estas 100 libras tienen que revestir necesariamente la forma de capital–dinero disponible, es decir, de capital–dinero no necesario para el proceso de trabajo. El capital que queda disponible en forma de capital–dinero tiene que ser, consiguientemente igual, por lo menos, a la parte del capital variable, o sea, a la parte del capital invertida en salarios; a lo sumo, podrá abarcar todo el capital que queda disponible. En la práctica, oscila constantemente entre este máximum y aquel mínimum. Saunas BCN Se me agradecerá el resumir tan esencial, tan nueva concepción, en cuatro tesis, que servirán para facilitar la comprensión y provocar la objeción. Saunas Por eso Ricardo no menciona para nada la parte de valor del capital invertida en material de trabajo (materias primas y materias auxiliares). Esta parte desaparece completamente aquí. La razón de ello es que no cuadra en el capital fijo, porque en el régimen de circulación ricardiano coincide por entero con la parte de capital invertida en fuerza de trabajo. Y, por otra parte, no puede situarse tampoco en el mismo plano que el capital circulante, pues con ello se destruiría por sí misma la equiparación de la distinción entre el capital fijo y el circulante con la contraposición entre el capital constante y el variable, identificación que Ricardo toma de A. Smith y acepta tácitamente. Ricardo tiene demasiado instinto lógico para no darse cuenta de esto; por eso omite en absoluto esta parte del capital. Prostitutas en Barcelona Pensándolo bien, no sólo es evidente la decadencia de la cultura alemana, sino que no falta tampoco la causa que la explica de una manera convincente. En definitiva, uno no puede gastar más de lo que posee ocurre en esto con los pueblos lo mismo que con los individuos. Si se gasta todo para el poder, la gran po­lítica, la economía, el tráfico mundial, el parlamenta­rismo y los intereses militares; si se gasta en esta partida la cantidad de razón, seriedad, voluntad y do­minio de sí mismo que existe, hay un déficit en la contrapartida. La cultura y el Estado-de nada vale cerrar los ojos ante el hecho-son antagonistas; el “Estado cultural” no es más que una idea moderna. La cultura vive del Estado, prospera a expensas del Es­tado, y viceversa. Todas las grandes épocas de la cul­tura son épocas de decadencia política; siempre lo que es grande en el sentido de la cultura ha sido apolítico, y aun antipolítico... El corazón de Goethe se abrió al fenómeno Napoleón, pero se cerró a las “gue­rras de liberación”... En el mismo instante en que Alemania llega a ser una potencia mundial, Francia cobra como potencia cultural renovada importancia. Ya mucha inteligencia, mucha pasión nueva del espí­ritu ha emigrado a París; la cuestión del pesimismo, por ejemplo, la cuestión wagneriana, casi todas las cuestiones sicológicas y artísticas, se consideran allí de una manera mucho más sutil y penetrante que en Alemania; los alemanes ni siquiera están capacitadas para esta clase de seriedad. En la historia de la cul­tura europea, el advenimiento del “Reich” significa más que nada un desplazamiento del centra de grave­dad. En todas partes se sabe ya que en lo esencial-y la cultura sigue siendo lo esencial-ya no cuentan los alemanes. Se nos pregunta: ¿hay entre vosotros si­quiera un solo espíritu que cuente en Europa, como contaron vuestro Goethe, vuestro Hegel, vuestro Hein­rich Heine y vuestro Schopenhauer? El extranjero se queda estupefacto ante el hecho de que ya no hay un solo filósofo alemán. Chicas de alterne en Madrid Las dimensiones que la circulación de las mercancías toma en manos del capitalista no pueden, naturalmente, convertir en fuente de valor este trabajo que no crea valor alguno, sino que se limita a hacer cambiar al valor de forma. Y el milagro de esta transubstanciación no pueden obrarse tampoco por medio transposición de sujetos, es decir, haciendo que el “trabajo de combustión” a que nos referimos, en vez de ser ejecutado directamente por el capitalista industrial, se convierta en misión exclusiva de terceras personas a sueldo de él. Naturalmente, estas terceras personas no pondrán su trabajo a disposición suya por amor a sus beaux yeux (3). Al encargado de cobrar las rentas de un terrateniente o al ordenanza de un banco le tiene sin cuidado el que su trabajo no aumente ni en un ápice la magnitud de valor de las rentas cobradas (o de las monedas de oro trasladadas en talegas a otro banco).1 Scorts en valencia La distinción entre estas dos clases de desembolsos sólo surge una vez que el capital desembolsado se convierte en los diversos elementos que forman el capital productivo. Es una distinción que afecta única y exclusivamente a esta clase de capital. Por eso a Quesnay no se le ocurre incluir el dinero ni entre los desembolsos primitivos ni entre los anuales. Como desembolsos que son de la producción –es decir, como capital productivo–, ambos se enfren­tan tanto con el dinero como con las mercancías que se hallan en el mercado. Además, Quesnay reduce acertadamente la distinción entre estos elementos del capital productivo al distinto modo como entran a formar parte del valor del producto terminado y, por tanto, al distinto modo como su valor circula con el valor del producto, lo que significa también el distinto modo como se repone o repro­duce, ya que el valor de uno de estos elementos se repone íntegra­mente en un solo año, mientras que el del otro se va reponiendo gradualmente en períodos de tiempo más largos.1 Pisos relax en Barcelona es el interrumpir la circulación del valor–capital desembolsado en forma de dinero. Al convertirse el capital–dinero en capital productivo, el valor del capital reviste una forma natural bajo la cual no puede seguir circulando, sino que tiene que destinarse al consumo, a un consumo productivo. El uso de la fuerza de trabajo, el trabajo, sólo puede realizarse trabajando. El capitalista no puede volver a vender al propio obrero como mercancía porque no es su esclavo y, además, porque sólo ha comprado el uso de su fuerza de trabajo por un determinado tiempo. Y, por otra parte, sólo puede utilizar la fuerza de trabajo haciendo que ésta emplee los medios de producción para crear mercancías. El resultado de la primera fase es, por tanto, el comienzo de la segunda, de la fase productiva del capital. Chicas de compañía en Gerona En los ejemplos que pone A. Smith, define como capital fijo los instruments of trade y como capital circulante la parte del capital invertida en salarios y materias primas, incluyendo entre éstas las ma­terias auxiliares (repaid with a profit by the price of the work). ( 12). hotesse Barcelone En cambio, una circulación más rápida del dinero no implica, a la inversa, necesariamente, una rotación más acelerada del capital y, por tanto, una rotación más rápida del dinero; es decir, no implica forzosamente un acortamiento y una renovación más rápida del proceso de reproducción. chica de compañía en Barcelona El hecho de que la parte del capital invertida en salarios forme parte de los elementos circulantes del capital productivo, comparta la cualidad de capital circulante, por oposición a la parte fija del capital productivo, con una parte de los factores materiales creadores del producto, las materias primas, etc., no tiene absolutamente nada que ver con la función que esta parte variable desempeña en el pro­ceso de valorización, por oposición a la parte constante. Sólo guarda relación con el hecho de que esta parte del valor–capital desembolsado tiene que reponerse, renovarse, y por tanto reproducirse, a base del valor del producto, por medio de la circulación. La operación de comprar y volver a comprar la fuerza de trabajo forma parte del proceso de circulación. Pero es dentro del proceso de producción donde el valor invertido en fuerza de trabajo se convierte (no para el obrero, sino para el capitalista) de una magnitud determinada, constante, en una magnitud variable, mediante lo cual el valor des­embolsado se convierte también en valor–capital, en capital, en valor que se valoriza. Pero, al presentar como parte circulante del capital productivo, como hace A. Smith, no el valor invertido en fuerza de trabajo, sino el invertido en los medios de vida del obrero, se cierra el paso a la comprensión de la diferencia que medía entre el capital variable y el constante y, por tanto, del proceso de la producción capi­talista en general. El concepto de esta parte del capital como capital variable, por oposición al capital constante, o sea, el invertido en los factores materiales de creación del producto, queda enterrado bajo el concepto de que la parte del capital invertida en fuerza de trabajo per­tenece con respecto a la rotación a la parte circulante del capital pro­ductivo. Y el sepultamiento se completa, al sustituir la fuerza de trabajo por los medios de vida del obrero, como elemento del capital productivo. El que el valor de la fuerza de trabajo se desembolse en dinero o directamente en medios de vida, es indiferente. Aunque, naturalmente, esto último sólo puede representar, dentro de la pro­ducción capitalista, una excepción .2 girlsbcn De modo parecido repercute sobre la rotación del capital otra clase de reservas que sólo constituye un capital productivo potencial, pero que, por la naturaleza de la explotación, necesita acumularse en cantidades más o menos grandes y, por tanto, desembolsarse en la producción por períodos más o menos largos, a pesar de que sólo se incorpora gradualmente al proceso de producción. Tal es, por ejemplo, el caso del abono, antes de depositarse en la tierra y el de la cebada, el heno y otros piensos y forrajes destinados como reservas a la producción de ganado. “Una parte considerable del capital de la empresa es absorbido por las reservas de la explotación. El valor de éstas puede disminuir en mayor o menor medida si no se aplican convenientemente las medidas de precaución necesarias para su con­servación; y hasta puede ocurrir que, por falta de vigilancia, llegue incluso a perderse totalmente para la explotación una parte de las reservas de productos. Por eso es necesario, en lo que a esto se refiere, organizar una vigilancia cuidadosa de los graneros, del piso en que se almacenan el forraje y el pienso y de los sótanos, cerrar siempre bien los almacenes, mantenerlos limpios y aireados, etc.; a los granos y demás frutos almacenados deberá dárseles la vuelta de vez en cuando, convenientemente; las patatas y los nabos protegerse contra el frío, la humedad y la putrefacción, etc.” (Kirchhof, p. 292.) “Al calcular las propias necesidades, sobre todo en lo que se refiere a la ganadería, y siempre organizando la distribución a tenor del producto y de la finalidad perseguida, deberá tenerse en cuenta no solamente la satisfacción de las necesidades, sino también la conve­niencia de apartar una reserva relativa para casos imprevistos. Si resultare que las necesidades no pueden cubrirse íntegramente con el producto propio, deberá pensarse en si conviene compensar la dife­rencia mediante otros productos (sustitutivos) o si podrán adqui­rirse más baratos en el mercado. La escasez de heno, por ejemplo, puede suplirse con raíces mezcladas con paja. En estos casos, habrá que tener en cuenta siempre el valor intrínseco y el precio de los distintos productos en el mercado, trazando a tono con esto las normas para el consumo; si, por ejemplo, la avena resulta más cara y los guisantes y el centeno, en cambio, salen relativamente más baratos, podrá sustituirse con ventaja en el pienso de los caballos, una parte de la avena con guisantes y centeno, y vender la avena sobrante, etcétera.” (Obra cit., p. 300.) masajes barcelona

Por un tubo.

Como vemos, ya A. Smith sabía "de dónde nace la plusvalía del capitalista" y, además, la del terrateniente; Marx lo reconoce sinceramente ya en 1861, mientras Rodbertus y todo el tropel de sus admiradores, que brotan como las setas bajo la lluvia caliente de estío del socialismo de Estado, parecen haberlo olvidado en absoluto. contactos barcelona A. Smith incurre en un gran error al dividir toda la riqueza social en: 1° el fondo de consumo inmediato, 2° el capital fijo y 3° el capital circulante. Según esto, la riqueza debiera dividirse en dos partes: 1° el fondo de consumo. que no forma parte del capital social en funciones, aunque algunas partes de él puedan funcionar constantemente como capital, y 2° el capital. Una parte de la riqueza actúa aquí como capital, la otra parte como no capital o como fondo de consumo. Así planteada la cosa, se ve que todo capital se halla ante la ineludible necesidad de ser o fijo o circulante, del mismo modo que todo animal mamífero se halla ante la necesidad, impuesta por la naturaleza, de ser macho o hembra. Sin embargo, ya hemos visto que la distinción entre las dos categorías de fijo y circulante sólo es aplicable a los elementos del capital productivo y que al lado de éste hay todavía una cantidad considerable de capital –el capital–mercancias y el capital–dinero– que reviste una forma bajo la cual no puede ser ni circulante ni fijo. Chicas compañía Madrid 2) las diferencias que aquí se aprecian pueden no ser simplemente cuantitativas, sino también cualitativas. callgirl barcelona un marino de guerra escort alto standing en Madrid Resultado de todo esto es que, al anexionarse los dos factores primigenios de la riqueza, la fuerza de trabajo y la tierra, el capital adquiere una fuerza expansiva que le permite extender los elementos de su acumulación más allá de los limites trazados aparentemente por su propia magnitud, trazados por el valor y la masa de los medios de producción ya producidos, en que toma cuerpo el capital. Escortservice Madrid Mr. Ellis, de la empresa John Brown et Co., fábricas de hierro y acero, en las que trabajan 3,000 hombres y niños, aplicándose el sistema de "turno de día y de noche" para una parte del trabajo más difícil, declara que en los talleres de acero en que se realizan los trabajos pesados, por cada 2 hombres trabajan uno o dos muchachos. Su fábrica emplea a 500 muchachos menores de 18 años, de los cuales una tercera parte aproximadamente, o sean 170, cuentan menos de 17 años. Refiriéndose a la proyectada reforma legal, Mr. Ellis declara: "No creo que fuese muy censurable (very objectionable) no dejar trabajar a ninguna persona menor de 18 años más de 12 horas de las 24. Pero, me parece que sería imposible trazar una línea neta deslindando la posibilidad de prescindir en los trabajos nocturnos de muchachos de más de 12 años. Nosotros aceptaríamos incluso mejor una ley que prohibiese dar trabajo en absoluto a muchachos menores de 13 años, o hasta menores de 14, que la prohibición de emplear durante las noches a los muchachos que ya tenemos. Los muchachos que trabajan en el turno de día tienen que turnar también de vez en cuando por la noche, pues los hombres no pueden permanecer continuamente en el trabajo nocturno; esto perjudicaría su salud. En cambio, creemos que el trabajo nocturno no daña, turnando semanalmente '(los señores Naylor y Víckers, por el contrarío, de acuerdo con los mejores representantes de su industria, opinaban que lo que dañaba a la salud no era el trabajo nocturno constante, sino el turno periódico)'. Los que trabajan alternativamente por las noches disfrutan, a nuestro parecer, de tanta salud como los que sólo trabajan durante el día. Nuestras objeciones contra la prohibición de emplear jóvenes menores de 18 años en los trabajos nocturnos se inspirarían en el aumento de los costos, pero esta razón seria la única que podríamos invocar ('¡qué cínico candor!'). A nuestro juicio, este aumento de los costos sería mayor de lo que podría equitativamente soportar el negocio (the trade), guardando la debida consideración a su eficaz desarrollo (as the trade wíth due regard to etc. could fairly bear). ('¡Qué charlatanesca fraseología!')."Aquí, el trabajo no abunda y, con semejante reglamentación, podría llegar a faltar" (es decir, que los Ellis Brown y Co. podrían verse en el trance fatal de tener que pagar íntegramente el valor de la fuerza de trabajo).68 girlsmarbella.com Lo que ante todo interesa prácticamente a los que cambian unos productos por otros, es saber cuántos productos ajenos obtendrán por el suyo propio, es decir, en qué proporciones se cambiarán unos productos por otros. Tan pronto como estas proporciones cobran, por la fuerza de la costumbre, cierta fijeza, parece como si brotasen de la propia naturaleza inherente a los productos del trabajo; como si, por ejemplo, 1 tonelada de hierro encerrase el mismo valor que 2 onzas de oro, del mismo modo que 1 libra de oro y 1 libra de hierro encierran un peso igual, no obstante sus distintas propiedades físicas y químicas. En realidad, el carácter de valor de los productos del trabajo sólo se consolida al funcionar como magnitudes de valor. Estas cambian constantemente, sin que en ello intervengan la vo­luntad, el conocimiento previo ni los actos de las personas entre quienes se realiza el cambio. Su propio movimiento social cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en vez de ser ellos quienes las controlen. Y hace falta que la producción de mercancías se desarrolle en toda su integridad, para que de la propia experiencia nazca la conciencia científica de que los trabajos privados que se realizan independientemente los unos de los otros, aunque guarden entre sí y en todos sus aspectos una relación de mutua interdependencia, como eslabones elementales que son de la división social del trabajo, pueden reducirse constante­mente a su grado de proporción social, porque en las proporciones fortuitas y sin cesar oscilantes de cambio de sus productos se impone siempre como ley natural reguladora el tiempo de trabajo social­mente necesario para su producción, al modo como se impone la ley de la gravedad cuando se le cae a uno la casa encima.31 La deter­minación de la magnitud de valor por el tiempo de trabajo es, por tanto, el secreto que se esconde detrás de las oscilaciones aparentes de los valores relativos de las mercancías. El descubrimiento de este secreto destruye la apariencia de la determinación puramente casual de las magnitudes de valor de los productos del trabajo, pero no destruye, ni mucho menos, su forma material.

 

La condición más esencial de producción que tenía que darse para poder fabricar máquinas mediante máquinas era la existencia de una maquina motriz que pudiese desplegar toda la potencia exigible y que, al mismo tiempo, fuese perfectamente controlable. Esta máquina existía ya: era la máquina de vapor. Sin embargo, había que encontrar el medio de producir mecánicamente las formas geométricas necesarias para las diversas piezas de la máquina: líneas, planos, círculos, cilindros, conos y esferas. Este problema fue resuelto en la primera década del siglo XIX por Henry Maudsley, con su invención del slide–rest, (82) que no tardó en convertirse en mecanismo automático, con una modificación de forma que le permitía adaptarse a otras máquinas de construcción y no solamente al torno, para el que primitivamente se había destinado. Este aparato mecánico no viene a suplir un determinado instrumento, sino la misma mano del hombre, en las operaciones en que ésta da al material trabajado, el hierro por ejemplo, una determinada forma, manejando en distintos sentidos diversos instrumentos cortantes. De este modo, se consigue producir las formas geométricas de las distintas piezas de maquinaria, "con un grado de facilidad, precisión y rapidez que ninguna experiencia acumulada podía prestar a la mano del obrero más diestro".20 raquelmimosa.com En la forma II, sólo una de las clases de mercancías puede desarro­llar íntegramente su valor relativo, sólo ella posee en sí misma la forma relativa de valor desarrollada, ya que todas las demás revisten respecto a ella forma de equivalentes. Aquí, ya no cabe invertir los términos de la expresión de valor –v gr. 20 varas de lienzo = 1 levita, o = 10 libras de té, o = 1 quarter de trigo, etc.– sin cambiar todo su carácter, transformándola de forma total en forma general del valor. señoritas compañía Fuera de Londres, no se conocía en toda Inglaterra, a comienzos del siglo XIX, una sola ciudad que contase 100,000 habitantes. Sólo había cinco con más de 50,000. Hoy existen en Inglaterra 28 ciudades con más de 50,000 habitantes. “Este cambio no sólo ha traído como resultado un incremento enorme de la población urbana, sino que ha convertido a antiguas ciudades pequeñas, densamente pobladas, en centros de población edificados por todos los cuatro costados, sin salida alguna al aire libre. Como a los ricos ya no les agrada vivir en ellas, las abandonan, para trasladarse a los alrededores, mucho más agradables. Los herederos de estos ricos alquilan las casas grandes de las ciudades, a razón de una familia, que además casi siempre tiene huéspedes, por cada habitación. Y he aquí a toda una población hacinada en casas construidas con otro destino y perfectamente inadecuadas al que se les da, y rodeada de una atmósfera verdaderamente humillante para los adultos y desastrosa para los niños.”59 Cuanto más aprisa se acumula el capital en una ciudad industrial o comercial, más rápida es la afluencia a ella de material humano explotable y más míseras las viviendas improvisadas de los obreros. Por eso, después de Londres, es Newcastle-upon-Tyne, como centro de un distrito carbonífero y minero cada vez más productivo, la ciudad que podemos llamar segundo infierno de la vivienda obrera. En esta ciudad hay nada menos que 34,000 personas que viven en casas de una sola pieza. Recientemente, la policía se ha visto obligada a demoler un número considerable de casas en Newcastle y Gateshead, por constituir un peligro para la salud pública. La construcción de nuevas casas avanza lentamente; en cambio, el negocio prospera a pedir de boca. Así se explica que en 1865 la ciudad estuviese, a pesar de todo, más abarrotada que nunca. Apenas se encontraba un solo cuarto libre. El Dr. Embleton, del Hospital de fiebres infecciosas de Newcastle, dice: “No cabe la menor duda de que la causa de que perdure y se extienda el tifus radica en el hacinamiento de seres humanos y en la suciedad de sus viviendas. Las casas en que suelen vivir los obreros están situadas en callejuelas y patios tenebrosos. Son, en lo tocante a luz, aire, amplitud y limpieza, verdaderos modelos de imperfección e insalubridad, una vergüenza para cualquier país civilizado. En estos tugurios duermen revueltos por las noches hombres, mujeres y niños. El turno nocturno de obreros sigue sin interrupción al turno de día, y viceversa, sin dar a las camas siquiera tiempo para enfriarse. Estas insalubres viviendas tienen poca agua y malos retretes, son sucias, faltas de ventilación, pestilentes.60 El alquiler semanal de estos miserables albergues oscila entre 8 peniques y 3 chelines. “Newcastle-upon-Tyne –dice el doctor Hunter– brinda el ejemplo de una de las más hermosas ramas de nuestra raza, sumida, por las condiciones externas de la vivienda y de la calle, en una degeneración casi animal.”61 BCN Box En la circulación M – D – M, el dinero acaba siempre con­virtiéndose en una mercancía, empleada como valor de uso. Por tanto, aquí, el dinero se gasta definitivamente. En cambio, en la forma opuesta, D – M – D, el comprador sólo desembolsa dinero para volver a embolsarlo como vendedor. Al comprar la mercancía, lanza a la circulación dinero, para volver a retirarlo de ella ven­diendo la mercancía que compró. Sólo se desprende del dinero con la intención premeditada de volver a apoderarse de él. No hace, por tanto, más que adelantarlo.3 grafsalas El incremento del capital lleva consigo el incremento de su parte variable, es decir, de la parte invertida en fuerza de trabajo. Una parte de la plusvalía convertida en nuevo capital necesariamente tiene que volver a convertirse en capital variable o en fondo adicional de trabajo. Si suponemos que, no alterándose las demás circunstancias, la composición del capital permanece invariable, es decir, que una determinada masa de medios de producción o de capital constante exige siempre, para ponerla en movimiento, la misma masa de fuerza de trabajo, es evidente que la demanda de trabajo y el fondo de subsistencia de los obreros crecerán en proporción al capital y con la misma rapidez con que éste aumente. Como el capital produce todos los años una masa de plusvalía, una parte de la cual se incorpora anualmente al capital originario; como este incremento de capital crece también todos los años al crecer el volumen del capital ya puesto en movimiento; y, finalmente, como bajo el estímulo del afán de enriquecerse, por ejemplo al abrirse nuevos mercados, nuevas esferas de inversión de capitales a consecuencia del desarrollo de nuevas necesidades sociales, etc., la escala de la acumulación puede ampliarse repentinamente con sólo variar la distribución de la plusvalía o del producto en capital y renta, las necesidades de acumulación del capital pueden sobrepujar el incremento de la fuerza de trabajo o del número de obreros, la demanda de obreros puede preponderar sobre su oferta, haciendo con ello subir los salarios. Más aún; cuando los supuestos anteriores se mantengan invariables durante cierto tiempo, los salarios tienen necesariamente que subir. En estas circunstancias, como todos los años entran a trabajar más obreros que el año anterior, llega forzosamente, más temprano o más tarde, un momento en que las necesidades de la acumulación comienzan a exceder de la oferta normal de trabajo y en que, por tanto, los salarios suben. En Inglaterra se oyeron quejas acerca de esto durante la primera mitad del siglo XVIII. Ello no obstante, las circunstancias más o menos favorables en que viven y se desenvuelven los obreros asalariados no hace cambiar en lo más mínimo el carácter fundamental de la producción capitalista. Así como la reproducción simple reproduce constantemente el propio régimen del capital, de un lado capitalistas y de otro obreros asalariados, la reproducción en escala ampliada, o sea, la acumulación, reproduce el régimen del capital en una escala superior, crea en uno de los polos más capitalistas o capitalistas más poderosos y en el otro más obreros asalariados. La reproducción de la fuerza de trabajo, obligada, quiéralo o no, a someterse incesantemente al capital como medio de explotación, que no puede desprenderse de él y cuyo esclavizamiento al capital no desaparece más que en apariencia porque cambien los capitalistas individuales a quien se vende, constituye en realidad uno de los factores de la reproducción del capital. La acumulación del capital supone, por tanto, un aumento del proletariado.1 discotecas en tarragona Aunque, técnicamente, la maquinaria echa por tierra el viejo sistema de división del trabajo, al principio este sistema sigue arrastrándose en la fábrica por la fuerza de la costumbre, como una tradición heredada de la manufactura, hasta que luego el capital lo reproduce y consolida sistemáticamente, como un medio de explotación de la fuerza de trabajo y bajo una forma todavía más repelente. La especialidad de manejar de por vida una herramienta parcial se convierte en la especialidad vitalicia de servir una máquina parcial. La maquinaria se utiliza abusivamente para convertir al propio obrero, desde la infancia, en parte de una máquina parcial.98 De este modo, no sólo se disminuyen considerablemente los gastos necesarios para su propia reproducción, sino que, además, se consuma su supeditación impotente a la unidad que forma la fábrica. Y, por tanto, al capitalista. Como siempre, hay que distinguir entre la mayor productividad debida al desarrollo del proceso social de producción y la mayor productividad debida a la explotación capitalista de éste. BCN piso A pesar de lo míseras que son las cláusulas educativas de la ley fabril, consideradas en conjunto, proclaman la enseñanza elemental como condición obligatoria del trabajo.212 El éxito de estas normas puso de relieve por vez primera la posibilidad de combinar la enseñanza y la gimnasía.213 y el trabajo manual, y por tanto éste con la enseñanza y la gimnasia. Los inspectores de fábrica descubrieron enseguida, por las declaraciones testificales de los maestros de las escuelas, que los niños de las fábricas, a pesar de no recibir más que media enseñanza aprendían tanto y a veces más que los alumnos de las escuelas corrientes. “La cosa es sencilla. Los alumnos que pasan en la escuela medio día solamente mantienen constantemente lozano su espíritu y en disposición casi siempre de recibir con gusto la enseñanza. El sistema de mitad trabajo y mitad escuela convierte a cada una de estas dos tareas en descanso y distracción respecto de la otra, siendo por tanto mucho más conveniente para el niño que la duración ininterrumpida de una de ambas. Un chico que se pase el día sentado en la escuela desde por la mañana temprano, sobre todo en verano, no podrá jamás competir con otro que vuelve, alegre y animoso, de su trabajo.214 En el discurso pronunciado por Senior en el Congreso sociológico de Edimburgo, en 1863, se contienen más elementos de juicio acerca de este asunto. El orador demuestra, entre otras cosas, cómo la jornada escolar unilateral, improductiva y prolongada de los niños de las clases altas y medias recarga inútilmente de trabajo al maestro, “mientras destruye, no sólo estérilmente, sino también de un modo absolutamente nocivo, el tiempo, la salud y la energía de los aluinnos.215 Del sistema fabril, que podernos seguir en detalle leyendo a Roberto Owen, brota el germen de la educación del porvenir, en la que se combinara para todos los chicos a partir de cierta edad el trabajo productivo con la enseñanza y la gimnasia, no sólo como método para intensificar la producción social, sino también como el único método que permite producir hombres plenamente desarrollados. http://www.wmailbox.com 238 Roberto Owen, padre de las fábricas y bazares cooperativos –que, sin embargo, como ya hemos dicho, no compartía las ilusiones de sus imitadores sobre el alcance y trascendencia de estos elementos aislados de transformación– no sólo partía, en sus ensayos del sistema fabril, sino que veía en él, teóricamente, el punto de arranque de La revolución social. M. Vissering, profesor de economía política en la universidad de Leyden, parece intuir algo semejante, cuando en su Handboek van Praktische Staatsbuishoudkunde (1860–1862), obra en la que se exponen de modo adecuado las necedades de la economía vulgar, defiende celosamente a la explotación artesana contra la gran industria. (Nota a la 4° ed. El “nuevo rey de las ratas jurídicas” (p. 314) que ha creado la legislación inglesa por medio de los Factory Acts, Factory Acts Extension Act y Workshops' Act, leyes que se contra­ dicen las unas con las otras, acabó por hacerse insoportable, surgiendo de este modo en 1878, con el Factory and Workshop, Act una codificación de todas las leyes referentes a esta materia. No podemos detenernos a trazar aquí, naturalmente, una crítica extensa y detallada de este código industrial, vigente en la actualidad en Inglaterra. Basten, por tanto, las noticias siguientes. La ley abarca: 1° Las fábricas textiles. En esta rama todo sigue. sobre poco más o menos, como antes: jornada autorizada de trabajo para niños mayores de 10 años, 51/2 horas, o 6 horas con el sábado libre: para obreros jóvenes y mujeres, 10 horas durante los cinco primeros días de la semana y 61/2 horas como máximum los sábados. 2° Fábricas no textiles. En éstas, las normas se aproximan más que antes a las del apartado primero, si bien subsisten todavía no pocas excepciones favorables a los capitalistas, excepciones que en ciertos casos pueden ampliarse mediante autorización especial del ministro del Interior. 3° Workshops, que la ley vigente define sobre poco más o menos como la anterior; respecto a los niños, obreros jóvenes y mujeres que trabajen en ellos, los workshops se equiparan casi totalmente a las fábricas no textiles, aunque suavi­zándose sus normas en determinados aspectos. 4° Workshops en los que no tra­bajan niños ni obreros jóvenes, sino solamente personas de ambos sexos mayores de 18 años; para esta categoría rigen normas todavía más suaves. 5° Domestic Workshops, aquellos en los que sólo trabajan miembros de la familia en la vivienda familiar; para éstos rigen preceptos todavía más elásticos y, además, la restricción de que los inspectores no podrán pisar sin autorización especial del ministro o del juez los locales que se utilicen al mismo tiempo como viviendas y, finalmente, la exención incondicional de los trabajos de tejidos de paja, encaje de bolillos y fa­bricación de guantes en el seno de la familia. Pese a todos sus defectos, esta ley es, con la ley fabril dictada por la Confederación suiza el 23 de marzo de 1877, la mejor ley vigente sobre la materia. Es interesante compararla con la citada ley suiza, pues esta comparación hace resaltar las ventajas y los defectos de ambos métodos legislativos, el método “histórico” ingles, que va reglamentando los casos a medida que se plantean, y el método continental, más generalizador, basado en las tradiciones de la revolución francesa. Desgraciadamente, el código inglés, en lo que se refiere a su aplicación a los talleres, sigue siendo en gran parte letra muerta, por no disponerse de suficiente personal inspector.–F. E.).

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